ENVIAR

COMENTARIOS

cineparaiso2@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA NOCHE AMERICANA

de

François Truffaut

 

 

 

 

Siempre, desde que tengo uso de razón me han fascinado los films que relatan una historia dentro del mismo cine, y eh aquí que la obra de Truffaut ha despertado los océanos del tiempo y me ha hecho sentarme ante mi ordenador para escribir sobre LA NOCHE AMERICANA, una película que es referente al cine y una obra de culto.

 

 

 

En los estudios La Victorine de cine en Niza, se prepara el rodaje de la película: "Je Vous Présente Paméla", un melodrama  centrado en torno a una mujer joven que decide escaparse con el padre de su marido. El director, Ferrand  tendrá que lidiar con toda una serie de problemas para que la proyección pueda seguir su curso y quedar acabada a tiempo. La pareja de maduros actores, padres del joven, está representados por Alexandre y Séverine. Ambos fueron grandes estrellas en el pasado, incluso compartieron un romance. Por otro lado tenemos a Alphonse, un galán joven y temperamental, inmaduro, que forma pareja en la ficción con una actriz británica, Julie Baker,  la cual arrastra la lacra de haber abandonado una película en pleno rodaje por una depresión  hace un año y medio.

 

 

 

 

Con esta película Truffaut escribe su singular carta de amor hacia el Séptimo Arte. Uno de los más claros y famosos ejemplos de metacine que han sido rodados. El director introduce la particularidad de crear un relato contando cómo se elabora una película en el set de rodaje, dando forma de esta manera, a la compleja tarea de contar una historia dentro de otra historia que sirve de escenario y continente al mismo tiempo, nos describe las intimidades y entresijos del mundo del cine. Ya desde el título, François Truffaut, comienza por introducir uno de los múltiples intertextos que iremos descubriendo si prestamos atención al desarrollo de la trama. La noche americana hace referencia a una técnica utilizada para simular una ambientación nocturna en una escena rodada a plena luz del día. Con la utilización de los filtros adecuados lo consigue. También son muy significativos los créditos iniciales, sobre los que apreciamos una visualización ondulante que corresponde a cómo se imprimen los sonidos en banda, a modo de representación del audímetro y correspondientes a la música que estamos escuchando perteneciente a Georges Delerue. Y así será durante toda la cinta, múltiples detalles, guiños en clave cinematográfica, estratégicamente colocados para ser descubiertos por los atentos cinéfilos. No es casualidad que una de las calles del Set se denomine Jean Vigo. Ni tampoco lo es un plano detalle en el que el director recibe un encargo de libros, todos ellos de cine: Hitchcock, Dreyer, Rossellini, Bresson, Lubitsch. El cineasta aguanta el plano hasta que hemos podido observar todos y cada uno de los libros. El comienzo no deja de ser impactante... Una gran demostración de cómo se rueda... En general, serán los planos largos los que seguirán a los protagonistas, especialmente al director caminado en el Set de rodaje.

  
Con gran sutileza el directo transforma los detalles más sórdidos en pequeñas salidas de tono de unos personajes que viven en otro mundo, el del cine. Y lo hace mediante una comicidad para nada absurda ni grotesca. Por ejemplo, es notable como caracteriza a la estrella extranjera contratada.  Una bellísima Jacqueline Bissett, casada con su propio médico mucho mayor que ella, hija de una actriz de Hollywood, que como bien comenta el director con su ayudante en una certera frase:

- "Todos estos hijos de grandes estrellas no pueden con el peso de sus padres"-

. El ataque de llanto que paraliza el rodaje cuando su marido la telefonea porque Alphonse le ha comunicado su infidelidad, es tratado con ironía y delicadeza a partes iguales. Como lo son el resto de las peculiaridades de los personajes, adorados en el cine, humanos en el mundo real. Es inevitable no reírse con las aventuras sexuales de la ayudante de Script y del temperamental y caprichoso protagonista, Alphonse. El alcoholismo de la actriz madura, Severine, se muestra con sus dos vertientes, ridiculizada en el plató, pero apuntando la desgracia de su hijo muriendo de leucemia. También resulta curioso cómo el gran galán de antaño, el actor maduro Alexandre, tiene en la actualidad un novio. Él es el único personaje capaz de enlazar anécdotas de estrellas del Hollywood Dorado. De este modo son varias las sub-historias introducidas dentro de la trama principal. Estamos, por tanto, ante  una película que con un sencillo planteamiento analiza, desmonta y transforma en real el maravilloso mundo del cine. A través del entramado humano, muestra cómo se desarrolla un rodaje, cuáles son sus elementos integrantes, personales y técnicos, cuáles son las principales dudas que torturan a sus creadores, los miedos a los que se enfrentan cada día.

 

El argumento, basado en la colaboración del propio director con Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman, y está basado en el devenir diario de un rodaje. Se nos transmite la idea del trabajo en equipo, y rindiendo homenaje a las personas anónimas que existen tras las cámaras. Al igual que la técnica que da nombre a la cinta, el director es capaz de filtrar todos los crudos aspectos reales bajo un prisma de ternura sin abandonar al mismo tiempo cierto sentido crítico, del que no se libra ni el personaje del Director, interpretado por  él mismo, un tipo sordo dotado de gran serenidad. Otro punto interesante son los sueños del Director, en sus momentos de tensión, cuando un niño con bastón finalmente logra quitar del tablón de un cine todas las fotos de la película de Orson Welles, en Ciudadado Kane

 

Un gran número de directores, amantes del cine, en algún punto de su carrera han optado por abordar el mismo tema, para regalarnos a manera de homenaje, un acercamiento al mundo del cine desde sus propias entrañas. Tal es el caso de François Truffaut con La noche americana, así como por supuesto el de Federico Fellini con la magistral 8 ½ (1963), o de la excepcional película Sunset Boulevard, de Billy Wilder, o en casos más recientes Ed Wood, de Tim Burton. Y es que “detrás de cámaras”, resulta apasionante y hasta misterioso; generalmente propicia un enorme interés en el espectador, que no sólo intriga, sino que nos ilusiona con la magia que hace posible que las historias lleguen a la pantalla. En La noche americana, Truffaut comparte el amor por su profesión y muestra su entrega total, interpretándose así mismo, un director de cine en pleno periodo de rodaje. Por lo que nos permite, como público, asistir a la representación de una filmación y todo lo que ésta conlleva, que es mucho más de lo que podemos imaginar: el movimiento de extras, la construcción y elaboración de locaciones, el uso de dobles para las escenas arriesgadas; en fin, una fantasía para dar la sensación de realidad.
Así, a lo largo del filme, deja bien clara la compleja tarea que lleva a cabo, las vicisitudes que enfrenta y los millones de tomas de decisiones que se requieren para que una cinta logre ver la luz. Con su voz en off va comentando las cuestiones que tiene que resolver sobre la marcha, desde decidir el tamaño de la pistola que se va a utilizar en una escena hasta conseguir el tipo de mantequilla que su protagonista desea. El reparto cuenta con una bellísima Jackeline Bisset (Bullitt, en el papel de Julie Baker, que será la protagonista y a quien todo el equipo está esperando, con la incertidumbre de si logrará terminar sin contratiempos la película, porque está saliendo de una crisis emocional de la que quedó afectada. Su esposo, quien fue su psiquiatra y dejó a su familia por ella, la acompaña en el rodaje.


La noche americana, una obra maestra del cine sobre el cine. Era el año 1973 y uno de los directores más carismáticos de la historia quiso hacer una película sobre lo que más amaba: el cine. El título del film ya nos dice mucho: la noche americana es una técnica cinematográfica que consiste en rodar de día pero con unos filtros que hacen que parezca de noche. Es ese efecto cinematográfico que nos muestra las noches azules tantas veces vistas en el cine. François Truffaut, el director francés que había revolucionado el cine siendo uno de los principales impulsores de la Nouvelle Vague. En su filmografía se encuentran películas como los Cuatrocientos Golpes, El último metro, obras con mayúsculas del cine, cine de autor. Pero Truffaut también reconoció a los grandes de la cinematografía estadounidense, su entrevista con el Alfred Hitchcock reverenció la maestría de su forma de hacer cine y sirvió de reconciliación entre el cine de autor europeo y el más comercial norteamericano. En Encuentros en la tercera fase de Steven Spielberg, Françoise Truffaut se puso a las órdenes del director estadounidense interpretando un papel, mostrando así su respeto a una industria diferente a la que le había visto nacer como cineasta.

Todo cineasta siente un cariño especial por La noche americana, es una película de obligado visionado en cualquier escuela de cine pues muestra un rodaje de una manera fiel y los dilemas del director, una persona que debe saber responder a todas las preguntas aunque no conozca las respuestas. Françoise Truffaut no sólo dirigió, protagonizó el film haciendo de un director con problemas de oído, en tal vez un homenaje a Luis Buñuel que padecía sordera, aunque este dato es una mera especulación mía. En este film que deben ver -recibió el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1974-, descubrirán particularidades del cine muy comunes en los rodajes. Los problemas de raccord (continuidad entre planos), las historias de amor que surgen entre los miembros del equipo técnico, las inseguridades de los actores, los problemas de presupuesto, los imponderables, o lo que es una toma de sonido. La película rebosa cariño por el séptimo arte, se puede apreciar en los diálogos. “Yo dejaría a un hombre por una película, pero jamás dejaría una película por un hombre”. También en los libros que recibe el director y que él mismo se encarga de mostrar a Hitchcock, Dreyer, Rossellini. El nombre de la calle del decorado: Jean Vigo… Son sólo pequeñas muestras de la cinefilia de Truffaut que se confunde con el personaje de director. El espectador es un miembro más del equipo técnico de esta película y evidencia una gran realidad del cine de entonces y del actual cuando dos de los personajes de la cinta se despiden al finalizar el rodaje con la frase: “ya nos veremos en la cola del paro”.

 

El protagonista masculino es interpretado por el pupilo de Truffaut, Jean-Pierre Léaud, con quien colaboró desde que era casi un niño en varios de sus filmes, algunos con tintes autobiográficos. En La noche americana, asume el rol de Alphonse, un actor inmaduro y de actitud infantil, enamorado de una chica, la lectora del guión, que lo trata mal, lo engaña con otros compañeros de la producción y lo abandona a mitad de la misma. También nos empapamos y a través de Séverine, a cargo de una insoportablemente esplendida Valentina Cortese, una actriz que fue una estrella en su juventud, pero ante el miedo a envejecer y dejar de ser atractiva o querida por los directores, se dedica a beber y, por lo tanto, no puede recordar sus diálogos, provocando la repetición de sus escenas. Con este impresionante personaje se lanza una crítica aguda a la exigencia que vive la mujer de mantenerse bella y joven, mientras que el hombre, al pasar los años, sigue ocupando un rol de importancia, como el personaje a cargo de Jean-Pierre Aumont, quien a pesar de su edad, es elegido para representar un hombre atractivo y seductor, y  parte del triángulo amoroso, entre Laúd y Bisset.

 

El cine implica sacrificios, la pasión por el cine lo convierte en arte, y eso es lo que Truffaut desea plantear, que pese a los altibajos en la realización de cada película, es ese amor lo que mantiene a los creadores aferrados a su obra, y debido a esto La noche americana se percibe honesta y real, porque muestra todos los flancos de la creación cinematográfica, dando a cada uno su justo lugar. Una una de las principales conclusiones a las que llega el espectador es que el cine es, sin duda, un trabajo en equipo, en el que cada miembro es esencial para lograr la magia y que llegue a las salas para el disfrute del público. Por eso Truffaut realizó, "La noche americana", una de sus mejores películas y no solo eso: su mayor homenaje al Cine y sus espectadores. Reflexión equilibrada entre lo liviano y lo serio, entre el humor ligero y la inseguridad de sus personajes, acerca del Cine, del oficio de crear películas, de inventarse historias, de hacerlas verosímiles, de dar emoción... Sin ningún afán mitológico ni ético, Truffaut, a cuestas con su cinefilia en las venas, nos regala una obra sin precedentes y nos homenajea a nosotros mismos, a todos los que amamos el cine, a los que le seguimos desde hace muchísimos años y a los que vendrán a tropezar con un film que ni sabían de su existencia....Eso es la magia del Séptimo Arte.


 

La narración es fluida, intensa, rápida, imaginativa y multicolor. Se presenta exenta de retórica, presunción y sentimentalismos. El tono es irónico, amable y, en ocasiones, agridulce. Muestra el proceso de rodaje como una tarea colectiva a cargo de un equipo plural que se disuelve tan pronto como finaliza el trabajo. Inserta momentos de drama y de intimidad. Abundan los lances de humor, basados en lo absurdo, la exageración, el desatino y la excentricidad. Compara el cine en la vida y nos dice que ésta es contradictoria, imperfecta, monótona, confusa y conflictiva, también que es transitoria, efímera y breve. El cine, en cambio, permite acceder a lo intemporal  permanentemente. El tema  de la obra es el amor, el amor humano en todas sus formas y manifestaciones: permanente, joven y maduro, ocasional y estable, homo y heterosexual, encontrado y perdido, nuevo y antiguo, fugaz y duradero... ¿. No es perfecto ?.... Truffaut construye un homenaje al cine y su mundo. Por ello está dedicada a Lillian y Dorothy Gish, divas del cine mudo. Por ello, haciendo gala de cinefilia, el realizador cita grandes películas, como  "El padrino",  "La reina Margot", "El desprecio", "Campanadas a medianoche", "La tristeza y la piedad".... Por ello dedica guiños de simpatía a realizadores como Orson Welles, Renoir, Cocteau, Vigo, Bresson, Buñuel, Hawks, Rossellini, Hitchcock. Recuerda géneros, como el "western" y a casi toda una familia, pilares del séptimo arte: la familia Barrymore). La música, de Georges Delerue, subraya el ritmo rápido y sostenido de la acción. La fotografía, de Pierre William Glenn, en color, se deleita mostrando las ilusiones del cine y sus trucos, como la elevación aérea de la cámara que transforma una concurrida plaza parisina en un liviano decorado de pega. Evita los alardes visuales, sin dejar de lado planos picados, movimientos de grúa, travellings y escenas vertiginosas. Evita la costumbre de la "nouvelle vague" de filmar con la cámara al hombro. Compara escenas sin sonido y la repetición de las mismas con las órdenes verbales del realizador. Obra genial, interesante, ilustrativa, emotiva y grata, contagia amor al cine y a la vida misma.

La historia es entretenidísima, con unas geniales interpretaciones, terminando por coger cariño a los personajes, ¡qué bien dirigidos están esos actores! Genial tu descubrimiento François, de Jean Pierre Leaud, quien ya bordara su papel en tu primera película cuando sólo era un crío, qué belleza le aporta al filme Jacqueline y qué seguridad aportan Jean Pierre Aumont y Valentina Cortese, dos actores realmente impresionantes. Es toda una lección para aquellos que infravaloran la profesión del cineasta y que no saben lo difícil que es rodar una película, todo es un milagro de la organización, la paciencia y el orden, todos ellos coordinados por la extraña, pero inmensa ilusión que nos aporta el cine, de la mano de uin maestro.

-“Esta película es una carta escrita a mano. Cuando uno escribe una carta a mano, la carta no es perfecta, la escritura tal vez sea un poco desigual, pero es uno mismo, es nuestra propia escritura”-

Esto dijo a propósito de tu sobrecogedora “La habitación verde”. En realidad creo que Truffaut se estaba definiendo como cineasta. Como tal, ha escrito muchas cartas, cartas de amor, ya sean dedicadas a la infancia, a la literatura, al teatro… y siempre, siempre, a sus actrices de las que nunca terminaba enamorando porqué ya lo había hecho desde un buen principio. Evidentemente, no podía faltar la carta dedicada al cine con “La noche americana”. Y, como tampoco podía ser de otra manera, su amor intenso y verdadero por él. Aprovechó la circunstancia para airear, como habían hecho algunos de tus colegas americanos con sus películas sobre el tema, las mezquindades que se esconden en los entresijos de una industria que por aquel entonces conocidas O, a un nivel más personal, para ajustar cuentas con todos los enemigos que se creó desde que ejercía como crítico feroz, y que después se vengaron reprochándote que hubiera acabado practicando ese mismo “cine de calidad” con el que tanto se había cebado. Pero no lo hiciste, admirado maestro.... Tu amor fue más fuerte.

“No hay obras, hay autores”, proclamabas también en la época de los Cahiers. Sin embargo, el director que aparece en “La noche americana” no es ningún autor y “Os presento a Pamela”, la película dentro de la película, es puro cine comercial. Esto me resulta especialmente conmovedor, porqué indica que supiste evitar también la tentación onanista e idealizadora del supremo Artista, y te ceñiste a lo que la experiencia te había ensañado, que un rodaje es un trabajo de equipo y que hacer películas es difícil y prosaico... Y sin embargo, desde esa auto-asumida humildad, desde esa sencillez basada en mostrar las anécdotas de un rodaje sin aspirar a elevarlas a categoría, te salió una de aquellas películas que finalmente solo pueden ser tuyas....como una de tus cartas de amor. Truffaut, podría haber hecho un documental o un reportaje. pero se encargó de realizar algo más original, como es hacer una película dentro de su propia película. De este modo nos enseña cómo se desarrolla un rodaje y sus complicaciones. y cómo no, aparece como el director que está dentro de su propia película... Es sin duda, la mejor película de Truffaut: un colosal homenaje al cine, "cine dentro del cine", que no pontifica, divierte, entretiene y hace pensar. Una obra maestra que explica la dialéctica entre realidad y representación.

 

 

 

 La noche americana es una de esas películas, en la que el director hace su particular homenaje al oficio del séptimo arte mostrando todos sus entresijos y la forma en que los viven los distintos miembros del equipo, desde los eléctricos hasta el productor, pasando por los especialistas y el director. Así, vemos actores que están borrachos cuando tienen que rodar una escena y son incapaces de acordarse del texto, vemos miembros del equipo que se mueren en mitad del rodaje, y, por supuesto, también vemos cómo el director se convierte en un imán de preguntas a las que tiene que dar respuesta. Si tuviese que quedarme con dos momentos de la película, sin dudarlo me quedaría con esa escena en la que Truffaut muestra sus libros de cine: de Bergman, de Godard, de Buñuel, de Dreyer, de Bresson, etc... Otro momento que me puso la piel de gallina fue ese sueño del director, autobiográfico por parte de Truffaut en el que se ve a sí mismo robando las fotos de una cartelera en la que se estrena Ciudadano Kane. También es memorable esa reflexión que hace una mujer...algo así:

- " Dejaría a un hombre por una película, pero nunca a una película por un hombre"-.

 

El cine, ese mundo fascínate de sueños e ilusiones capaz de cautivar a cientos de miles de espectadores y mantenerlos en vilo durante varias horas delante de una pantalla en la que pueden ver reflejadas sus fantasías, ilusiones, imaginaciones y aspiraciones. Así como capaz de retratar como el sólo, realidades de la vida humana y de crear otras propias, nuevas, originales, desconcertantes, personales y subyugadoras. Sin embargo nosotros los espectadores nos quedamos en la inmensa mayoría de casos con el exterior, el producto acabado, la visión realizada, la magia hecha para el disfrute de nuestros ojos, de nuestro espíritu, de nuestra sensibilidad. Pero detrás, más allá de las obras de arte de la pantalla, los estrenos, los letreros luminosos, recíproca y necesariamente conectado y relacionado con el otro que podemos contemplar y que resulta igual de cautivador: el largo, complicado y trabajoso proceso de creación fílmica. Éste comienza en la mente del director, con una idea inspiradora e incluso brillante, que para cuajar y llegar a cristalizar en lo que finalmente será la película precisa del esfuerzo y la implicación de decenas de profesionales.. y de los cuales sólo aparecen ante nuestra expectante mirada, los actores. Todos y cada ellos deben intentar dar lo mejor de sí para conseguir un producto final redondo, no obstante eso es tan difícil de lograr que, como dice el propio Truffaut:

- " En un principio se espera dirigir una obra maestra y luego se espera poder acabar la película"-

Para alcanzarlo hay que lidiar con los problemas de presupuesto, tiempo, atrezzo, historia, y también con la vida frágil y tormentosa de muchas de las estrellas que ponen su talento al servicio de los personajes y de las indicaciones del director, atento, conciliador y meticuloso en todo lo referente a su proyecto. Es ese intrincado camino que se recorre día a día, toma a toma, ensayo e ensayo hasta acabar el rodaje de una cinta romántica, el que se recrea en este peculiar y en ocasiones sorprendente filme francés. Un reparto de actores interpretando a actores y demás figuras, reflejando sus personalidades, relaciones, debilidades y responsabilidades. protagoniza esta espléndida película, en la que despunta el singular estilo de su realizador. Por abrirnos las puertas a ese mundillo, y permitirnos disfrutar de una visión interna del cine, no puedo decir otra cosa que

- "Muchísimas gracias François"-

 

Repiten Pierre-William Glenn y Georges Delerrue, quien vuelve a deleitarnos con su música. El mismo inicio del film nos da una idea del aprecio que François sentía por este compositor, con esa consulta musical en negro. Truffaut alardeaba habitualmente de cinefilia pero en esta película sus homenajes se disparan, llegando incluso a la auto-referencia en la gestación de una escena. Detrás de la cotidianeidad del rodaje, los pequeños trucos revelados al espectador o las inevitables vueltas al amor siempre está la mirada del niño romántico que robaba las postales de sus ídolos en sueños. Al igual que la ilusión de la noche americana, el cine imita a la vida pero siempre termina superándola.

 

 Lo dice una de las frases más recordadas del film:

 

-" En el cine no hay atascos ni tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes en la noche. No puede concebirse mejor canto de amor a este oficio"-

 

 

cineparaiso2@gmail.com